Recorrí los lugares sagrados
y me detuve
en todos.
Oré en todos. Oré mientras andaba. Atendí a todo.
Recorrí
el antiguo trazado del ferrocarril:
arrancaron las traviesas
y
quedó una especie de camino,
una mujer vestida de naranja,
un perro
criollo blanco y negro
y allá abajo —entre las peñas— el arroyo.
¿Un
arranque místico?
Querías traerme noticias a la hora del amanecer
—la
mejor para traer noticias—
y encuentras el batey caminado, pisoteado, lleno
[de visiones.
Recorrí los
lugares sagrados
para que tu visita
quemara un poco menos.
Nadie
te preguntó, aunque oí perfectamente
lo que querías decir.
Se escuchó
bien:
fui al otro lado de la casa
y todo estaba quieto,
sólo un par
de pájaros
por las maderas rotas
dejaron caer fibras de yerba.
Las
palabras preparadas,
bórralas.
Lo que pasó por ti antes de amanecer.
Bórralo.
Eso que viste
Bórralo todo. Acaba de borrarlo.
2
Por aquí
pasó el ferrocarril
y las vecinas, encaramadas en el
camellón sin balasto, platican
las tormentas de amor
de las princesas.
3
Señorita, no
se tarde mucho:
yo le voy a cuidar los tarecos,
pero no se tarde.
Siempre
el dirigible good-year,
el oficial y la escala de soga,
siempre los
recortes de mujeres desnudas
del cuarto de su hermano,
la chiva, el
traje de bombero.
Se va de viaje
y regresa el jueves.
4
Hubo
una zanja, sí.
Honda.
Los soldados vinieron buscado alzados
y creyeron
que habían abierto parapetos,
nosotros nos fuimos por la carretera
con
las almohadas bajo el brazo.
No: es que al “conejo petitoria”
se le
pone almendra
y le gusta a todo el mundo.
Almendra, hojas de almendra,
se
llenó de hojas de almendra:
el fango entra cada vez que llueve.
5
Llueven
hojas de almendra
por donde se fue en tren
la señorita.
Los animales
comen,
todo está perfecto.