En esta
provincia, de sobra lluviosa,
en esta casa, suficientemente húmeda,
los
avisos fatales,
los gritos de Casandra,
no llegarán al corazón.
¿Por qué habrían de
llegar,
ni qué ganaría
el que la vive
entablando negocios con
un Destino Intocable?
Todos,
con la estación,
bordamos un tapiz,
lo extendemos,
y después
lo vamos retirando
hilo
por
hilo.
en un pasaje, el jugador
gana una fortuna en la
casa de juegos
y corre a ofrecérsela
a la mujer que ama.
A veces te encuentro por la calle
y no sabes
que yo también voy cargado de oro;
no sabes que he bebido toda la noche
y he hablado infatigablemente, discutiendo mil cosas.
Quisiera
abrirme en dos
y decirte:
“mira lo que he ganado hoy,
no sabes cuánto he sufrido por
ello.
Tómalo. A lo mejor mañana
vuelvo a perderlo todo”.
Ahora
estoy oscuro.
Ni música, ni tv, ni bombillos:
como si el espacio estuviese
apretado en un puño.
Apesta el kerosene del farol,
y para remate una
llovizna fina, tipo novela de misterio.
Nada, que se embromó la noche;
como
decían los japoneses en el filme chino:
huyamos como ratas despavoridas...
Cintura,
cuello y nalgas besados con mucha suavidad,
ojos y boca entreabiertos
quejándose
de algo,
y cuando menos se imagine ¿hoy u otro día?
vas a entrar gritando
mi nombre o poniendo
[tus compactos de reggae
(total: tú no eres rasta ni con pellejo prieto).
Ahora
huyamos como ratas:
el ejército glorioso vendrá más tarde y se irá
también.
Estoy oscuro ahora:
esa es sólo una forma con que a veces
aparece
la vida.
Huyamos como ratas, y anda,
acaba de besarme.