Era domingo, cuatro decisiones.
Mi madre nos nutría de linfa, hidromieles: se asomaba papá de veguero y visera,
mangas
cortas. Yo
proponía ir más allá de los cuatro tazones de café con leche, hablaba de otras ciudades
con muros sembrados
de logaritmos
y espirales al almuecín, yo me iba: y mi padre proponía el color esmeralda de las playas,
mamá temblaba. A sus anchas
temblaba
cuando nos íbamos los dos de casa, padre y varón veteados en un revuelo de naftas y
aceleraciones, dos
fotutazos
de albricia descarada por el amanecer y el domingo, las mujeres en casa: nos
desnudábamos
de pelo
en pecho
al llegar a las casetas y mientras digeríamos al sol el desayuno mi padre recapacitaba
acerca del árbol
lila
y los caramelos que robó de niño, su guante blanco de artillero polaco y el caftán orlado
de arabescos policromos
para
días festivos, el raído caftán de peregrinaciones: nadábamos un poco hablábamos otro
pedazo de aquellos profetas interiores que
escogían
a un niño, lo enseñaban
a narrar
y el niño aprendía de golpe, nunca
jamás desfallecía. Nadaba
mi padre
como un perro lacio de aguas y lo vi sonrojarse cuando habló de una amiga villaclareña,
tembló
y hablamos
en seguida de su sombrero de nutria y el carromato
ígneo de la guerra: nada
nos detenía ya
y compartimos una mano de mamoncillos
bajo la sombra de una yagua, llamábamos
al tamalero
por su nombre y pensamos en casa, traeríamos a dos manos el maní en los cucuruchos:
llegaríamos, dos ráfagas
de sal
a casa mi madre me dio un beso que yo di a mi padre cuando besó a mi hermana,
besamos
el pan
de flauta a la mesa y hundimos las manos en los bolsillos un momento para hacer
silencio
y dos genuflexiones, comprobar un
momento
que éramos cuatro: el Maestro
y la noria
con el Vidente y la noria que no abriría en el suelo aún contra nosotros cuatro un
espacio, nos quedan suelo y brisa parsimonia
y
arena en la boca cuajada de canela, gofios y
espléndidas
natillas en los cuatro
cuencos.
Durante
una larga vida su enemigo fue la exasperación.
Dejó el mundo a los sesenta años: en su retiro se secarían las fuentes de su
exasperación.
A solas, día y noche, lo exasperan el canto del cuclillo, la gota del deshielo en los
carámbanos del alero, el rebrotar de los
crocos, la insoportable avaricia estival
de los insectos.
José Kozer (La Habana, 1940) salió de Cuba en 1960 y se estableció
en Estados Unidos. Es autor de una vasta obra poética que ha
obtenido reconocimiento internacional. Entre sus numerosos poemarios
cabe destacar: “Este judío de números y letras” (1975), “Y así tomaron
posesión de las ciudades” (1978), “Bajo este cien” (1983), “La garza
sin sombras” (1985), “Prójimos-Intimates” (1990), “La maquinaria ilimitada”
(1998) y “Dípticos” (1999). Reside en Hallandale, Florida.