DECIR DEL AGUA /
Sexta entrega / Abril de 2004 / página 3
José Kozer
BALNEARIO LA CONCHA, 1954

Era domingo, cuatro decisiones.

Mi madre nos nutría de linfa, hidromieles: se asomaba papá de veguero y visera,

       mangas

cortas. Yo

proponía ir más allá de los cuatro tazones de café con leche, hablaba de otras ciudades

       con muros sembrados

de logaritmos

y espirales al almuecín, yo me iba: y mi padre proponía el color esmeralda de las playas,

       mamá temblaba. A sus anchas

temblaba

cuando nos íbamos los dos de casa, padre y varón veteados en un revuelo de naftas y

       aceleraciones, dos

fotutazos

de albricia descarada por el amanecer y el domingo, las mujeres en casa: nos

       desnudábamos de pelo

en pecho

al llegar a las casetas y mientras digeríamos al sol el desayuno mi padre recapacitaba

       acerca del árbol

lila

y los caramelos que robó de niño, su guante blanco de artillero polaco y el caftán orlado

       de arabescos policromos

para

días festivos, el raído caftán de peregrinaciones: nadábamos un poco hablábamos otro

       pedazo de aquellos profetas interiores que

       escogían a un niño, lo enseñaban

a narrar

y el niño aprendía de golpe, nunca jamás desfallecía. Nadaba

mi padre

como un perro lacio de aguas y lo vi sonrojarse cuando habló de una amiga villaclareña,

       tembló

y hablamos

en seguida de su sombrero de nutria y el carromato ígneo de la guerra: nada

nos detenía ya

y compartimos una mano de mamoncillos bajo la sombra de una yagua, llamábamos

al tamalero

por su nombre y pensamos en casa, traeríamos a dos manos el maní en los cucuruchos:

       llegaríamos, dos ráfagas

de sal

a casa mi madre me dio un beso que yo di a mi padre cuando besó a mi hermana,

       besamos

el pan

de flauta a la mesa y hundimos las manos en los bolsillos un momento para hacer

       silencio y dos genuflexiones, comprobar un

       momento que éramos cuatro: el Maestro

y la noria

con el Vidente y la noria que no abriría en el suelo aún contra nosotros cuatro un

       espacio, nos quedan suelo y brisa parsimonia

       y arena en la boca cuajada de canela, gofios y

       espléndidas natillas en los cuatro

cuencos.

 
(Del libro "La garza sin sombras", 1985)
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Durante una larga vida su enemigo fue la exasperación.

 

Dejó el mundo a los sesenta años: en su retiro se secarían las fuentes de su

       exasperación.

 

A solas, día y noche, lo exasperan el canto del cuclillo, la gota del deshielo en los

       carámbanos del alero, el rebrotar de los

       crocos, la insoportable avaricia estival

       de los insectos.

 

VIDA RETIRADA
(Inédito)

José Kozer (La Habana, 1940) salió de Cuba en 1960 y se estableció en Estados Unidos.  Es autor de una vasta obra poética que ha obtenido reconocimiento internacional.  Entre sus numerosos poemarios cabe destacar: “Este judío de números y letras” (1975), “Y así tomaron posesión de las ciudades” (1978), “Bajo este cien” (1983), “La garza sin sombras” (1985), “Prójimos-Intimates” (1990), “La maquinaria ilimitada” (1998) y “Dípticos” (1999).  Reside en Hallandale, Florida.