DECIR DEL AGUA /
Sexta entrega / Abril de 2004 / página 2
R. G. R.
ESPACIO TEMÁTICO /
La nostalgia, el olvido
Edvard Munch: "Noche de verano (Inger en la costa)", 1889, óleo sobre tela, 126.5 x 162 cms.
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Luisa Pérez de Zambrana
LO QUE SE VE EN EL AGUA
Se ve la luna en el azul del agua,
como un jacinto de oro en el espacio,
y en ondas de cristal se balancean
iris de brillantísimo topacio.

Y fingen los luceros temblorosos
si brumas de violetas los encierran,
brillantes esmeraldas que se apagan,

azucenas de plata que se cierran.

Y cuando el sol, bajo el dosel de gloria,
pasa como un espléndido proscrito
y queda en las regiones silenciosas,
la inmensa oscuridad del infinito:

el gran cristal resplandeciente y terso
¡oh maravilla que la mente asombra!
refleja, sobre el disco de los astros,
la vaguedad sublime de una sombra.

Y yo, temblando, pálida, en la orilla
que el agua suave sin cesar platea,
exclamo: ¡oh transparencias argentadas!
¿sois los edenes donde Dios pasea?

¿Sois el país de claridad celeste
donde el divino Creador, en calma,
de pie, en la eternidad, contempla inmóvil,
los arcanos del éter y del alma?

Y un querubín, bajando de una estrella,
con túnica de trémulo rocío,
como una alada aparición, se posa
sobre los vidrios trémulos del río,

y con dulzura de lejanos mundos,
me repondió su musical acento:
“este espejo sereno y silencioso
pasa bajo el azul del firmamento.”
Luisa Pérez de Zambrana (El Cobre, 1835-Regla, 1922) está reconocida como una de las figuras clásicas de la literatura cubana. Sus poemas a la muerte de su padre, de su esposo y de sus cinco hijos son textos imprescindibles para entender la evolución de la poesía en ese país; José Lezama Lima los llamaba “fundamentales elegías”. Luisa comenzó a escribir a los 14 años y publicó varios libros de poemas; uno de ellos prologado por Gertrudis Gómez de Avellaneda en 1860 y otro con introducción de Enrique José Varona en 1920. Según Lezama, en sus poemas se expresa cabalmente “la enorme sencillez de la tristeza cubana, nuestra manera de enfrentar la muerte”.
Luisa Pérez de Zambrana (El Cobre, 
1835-Regla, 1922) está reconocida 
como una de las figuras clásicas de 
la literatura cubana. Sus poemas a 
la muerte de su padre, de su esposo 
y de sus cinco hijos son textos imprescindibles 
para entender la evolución de la poesía 
en ese país; José Lezama Lima los 
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¡Oh gemebundo bosque! ya no pidas
sonrisas a estos labios sin colores
que con dolor agito:
pues no pueden nacer hojas y flores
sobre un tallo marchito.
Que ya en el mundo, mis inciertos ojos
sólo ven un sepulcro que engalana
flor macilenta con cerrado broche,
y allí me encuentran pálida y de hinojos
las lágrimas de luz de la mañana
y los insomnes astros de la noche.
Otras veces aquí ¡cuán diferente
vagué en su cariñosa compañía!
El arroyo luciente
como un velo de luz se estremecía
sobre la yerba humedecida y grata,
allá el movible mar desenvolvía
encajes brillantísimos de plata,
y tembladeras, pálidas y bellas
en el éter azul asemejaban
abiertos lirios de oro las estrellas.
Él con mi mano entre su mano pura
bajo flores que alegres sonreían,
me hablaba de sus sueños de ternura;
mientras con movimiento dulce y blando,
las copas de los álamos gemían
nuestras unidas frentes sombreando.
LA VUELTA AL BOSQUE
Después de la muerte de mi esposo
(Fragmento)
Continuamos abriendo en esta entrega los espacios temáticos, para imantar a los autores en torno a un tema y proyectar el material publicado hacia un marco de coincidencias y contrastes. El tema de "La nostalgia, el olvido" es tal vez el más amplio que hemos propuesto hasta ahora. Casi se podría decir que en él cabe gran parte de toda la poesía que se ha escrito, desde Homero hasta nuestros días. Abrimos con los acentos elegíacos de Luisa Pérez de Zambrana, que arman contrapunto con la perplejidad de Carlota Caulfield ante la pérdida de un animal amado y la violenta reflexión de Isel Rivero, que traza un hilo dramático entre la figura de Sylvia Plath y las mujeres argelinas y su luto de hoy. José Kozer nos invita, mientras tanto, a que volvamos a mojarnos los pies en los pisos de un balneario habanero de los años 50, en que la infancia suya se reúne con nuestro propio descubrimiento del mar; Carlos A. Díaz Barrios viste su nostalgia con la de un famoso boxeador norteamericano, a quien atribuye sus propios paisajes oníricos y sus propios espantos. Alejandro Fonseca sume su obra en las tensiones del individuo alejado de su tierra, de su luz y su sombra, y expresa con frescura un tormento que nos es común a muchos. Emilio de Armas invierte la nostalgia y la orienta hacia un futuro de viajero insaciable, y luego entra con Germán Guerra en una sutil y amigable controversia en torno a lo que un poeta puede ver. Cada uno de los autores incluidos en este DECIR DEL AGUA olvida a su modo, sufre a su modo la necesidad o la inutilidad de la nostalgia. Pero ninguno deja de hablarnos con ardor.