DECIR DEL AGUA /
Quinta entrega / Enero de 2004 / página 8
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OTROS ÁMBITOS
En elogio de Juan Alonso
Yo contra la pared, ante el abismo,
miro estático un sueño, mi pasado.
Un espejo me tiene reflejado,
y el espejo es un sueño, soy yo mismo.

Vuelvo la vista, apago su espejismo,
quemo pasado y sueño, y anegado
en mis propias cenizas he alzado
una inmensa pared contra el abismo.

Y crece esta pared, y se desata,
cual humo en el espacio, de sí misma,
y divide el abismo y lo dilata.

Y lentos, entre espumas, entre redes,
nacen mis ojos nuevamente: prismas
ante espejos y abismos y paredes.
SONETO
(1958, inédito)
Contra esta sombra, en este flojo muro,
bajo este oculto mundo en que me escondo,
por este alejamiento, y por el fondo
del mar ampliado y negro, conjeturo:

Que este cielo anegado, este inseguro
cielo bajado desde el cielo a lo hondo
es tu mano que viene a donde rondo
la faz insomne de tu paso duro.

Y me hiere, y me invita a que me inserte
de nuevo en tu jardín, año tras año,
junto a las aguas de tu sol inerte.

Oigo tu dulce voz, y su tamaño
me llena de temor al ver mi engaño,
y me trago yo mismo y vuelvo a verte.
(1958, inédito)
JONÁS DENTRO DEL PEZ
SELECCIÓN DE POEMAS DE JUAN ALONSO
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Egon Schiele: "Autorretrato con camisa de color lavanda y traje oscuro", 1914. Grafito, acuarela y gouache sobre papel (19" x 12.6").
El poeta cubano Juan Alonso nació en Matanzas en septiembre de 1938. En los años 60 se trasladó a Nueva York y allí publicó el único libro suyo que conocemos: "El lago" (Nueva York, AZU Press, 1971), un cuaderno excepcional dentro del panorama de la poesía cubana del exilio en esos años, sobre todo por el lenguaje despojado y directo que el poeta utilizaba y su tema: una serena reflexión existencial que se apartaba de las obsesiones transitorias y se concentraba en un estricto desgarramiento personal. En su cuaderno, Alonso no se detenía a reflejar las peripecias u obsesiones del momento; sólo se deja absorber y estremecer por una minuciosa meditación acerca del individuo, su significado y su relación con el mundo natural y el tiempo.

Conocí a Juan a principios de los años 80 en Manhattan, cuando ya él se había acercado al budismo y traducía brillantemente varios textos de los maestros del Zen. Vivíamos cerca y simpatizamos de manera instantánea. Lo recuerdo como una persona muy generosa, impaciente ante las preocupaciones intrascendentes, y sobre todo apasionado por las ideas religiosas. Luego desapareció de pronto de mi vista. No sé qué ha sido de él; pero encontré en mis papeles hace unos meses una veintena de poemas inéditos que él me había entregado en 1986. Además, después un lector de DECIR DEL AGUA me sugirió pensar en Juan
y en su obra; hacer algo por divulgar su poesía. He aquí nuestra respuesta: un elogio que Juan siempre mereció.
Reinaldo García Ramos