EN EL CUARTO OSCURO
1
He entrado
en el silencio de tu cámara,
viendo de cabeza, como en mi frente,
eso
que allá afuera titila como estrella.
Tu corazón despierta
a los secretos,
aliviando la maldad que aún perdura
en tantos lugares
peligrosos.
Voy contigo cabalgando:
tres caballos arrullan
el pan que te comes,
la ropa que cargas en el tiempo,
los ojos arrebatados
de tanto ver.
Cuando desbordas la punta de tu Espíritu,
la
luz “se hace” aliviando la realidad;
tus cuadros producen sus golpes
cortos,
suben por la sombra y te reclaman
con sus caras dispuestas a
morirse.
Cualquier edificio podría decir cuánto te imita
en
la fuerza silenciosa de tus huesos;
la imagen sobra por todas las esquinas,
dibuja
una órbita insegura,
una nueva puerta para que no estés sola.
2
Es
en mi memoria donde te celebro:
en esa idea compulsiva de nacer a cada
instante
como una línea que sale de repente
desde un beso asustado entre
dos bocas.
El secreto continúa escondido por las células;
ahí
caben las formas inocentes del tiempo: tú primero,
el otro después,
el
gesto de aquel que olvidó coser el corazón
mientras cantaba la misma
canción en su garganta.
En las maderas de este poema
crece
la tarde con un árbol y tu sombra,
y así conozco el movimiento que
dejan los humanos
cuando atraviesan un momento horizontal.
Somos,
sin casa, seres libres
agarrados a una bola azul que no sabe qué hacerse
en el espacio;
como a Sísifo, se nos cae la roca,
mientras llenamos
el mar con peces desconocidos.